10 de mar. de 2012

Más allá de la meditación



La práctica de meditar se está convirtiendo para muchos en una parte importante de día. Esa parte en la que nos sentamos, mantenemos una postura estable y permanecemos expectantes ante la actividad mental, como espías, tolerantes ante los altibajos que provocan sus deseos, apegos y debilidades.

Meditar está de moda y vivimos un momento en el que ya todo el mundo parece comenzar a saber qué es meditar, pero, por alguna razón que tiene mucho que ver con el deseo y apego a las rutinas que llevamos cientos de años ejerciendo, la meditación no deja de ser una visita a la iglesia y un rezo ligero, en el que volvemos a dejar en manos de “dios” o “el creador” el trabajo a hacer.

“La meditación es una práctica
que nos ayuda a despertar para pensar,
hablar y hacer de forma correcta”

Si meditas, pero aun sigues pensando, hablando y existiendo de forma inconsciente, egoísta y apegada, aun no has aprendido la utilidad de este milenario arte.

La meditación no debe ser utilizada para elevar nuestro estatus espiritual, sino, para despertar nuestra presencia y, desde ella, llevar al mundo la paz que necesita. Cuando uno medita o pone en práctica cualquier otra técnica para elevar su presencia, debe seguir elaborando en el mundo, para hacer de él el paraíso que debe ser, pues, nuestro potencial se ha visto reducido por los hábitos que llevamos mucho tiempo practicando, sin por ello haberlo anulado completamente.

“Si te consideras un buen meditador,
demuéstralo en pensamiento, palabra y acto”

Hemos llegado al punto de ser potencialmente pragmáticos y esto nos invita a ser meditadores vivientes en todo lo que hacemos. Debemos elevar nuestra presencia, despertarla y mantenerla viva para que, durante la vigilia de nuestro tiempo de existencia, el paraíso tome forma a través de todo lo que somos en cada instante.

Si meditas pero aun eres una persona que fanfarronea, se queja y se siente víctima, aun no has alcanzado el don de esta práctica. La meditación no puede ser una cosa más que hagas en tu vida, sino, la que más importancia tenga, pues, sin presencia no eres nada, un ente más en movimiento que aporta más confusión y desastre a lo que ya está pasando.

Sin presencia no eres más que una mente que colabora con este juego mental en el que todos estamos envueltos dentro de un sistema alimentado por el miedo, la pérdida y la falta de amor hacia nuestros hermanos.

Tú eres una semilla potencialmente divina que,
con la práctica, disciplina y valor
debe despertar y manifestarte en la tierra.